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lunes, 17 de mayo de 2010

Jaime Sabines


Nunca lo conocí. Cuando él murió yo tenía once años y aún no había leído sus versos dorados. A veces me pregunto qué hay en ese hombre que me hace amarlo tanto, por qué me aferro a sus deliciosas palabras con tal magnetismo, cómo es que sus poemas se me meten hasta el último rincón del espíritu.


Con orgullo y con un tremendo amor inexplicable, lo he descubierto escondido entre mis propios versos y también con él he encontrado muchas respuestas. Será porque fue paisano de uno de los hombres más importantes de mi vida: mi abuelo, chiapaneco como Sabines.


Un día, hace mucho tiempo nació un hombre en Líbano. Después de algunos años, siendo aún un niño, emigró a Cuba junto con sus padres y sus hermanos. Nadie sabe si Julio fue seducido por el amor, por la revolución o por el Destino que no da tregua, pero en 1914, con menos de quince años encima, partió a tierras mexicanas. Ahí conoció a la madre de sus tres hijos, Juan, Jorge y Jaime. Luz Gutiérrez era hija del gobernador, Joaquín Miguel Gutiérrez, en cuyo honor la capital chiapaneca lleva su apellido.


Jaime nació a este mundo después de largos viajes, eternas travesías –hasta otras vidas–, en las que probablemente coleccionó letras, y conoció hombres y mujeres paradisíacos: simples mortales que ahora dejan huellas desnudas en sus libros, en los amores poetizados por la pluma colmada de vida de mi querido Sabines. Esto ocurrió un día veinticinco de marzo en el lejano 1926. Tuxtla Gutiérrez albergó, no sólo sus primeros balbuceos de bebé, sino también muchos pedazos de su existencia, sus recuerdos, sus pasiones y sus selvas.


El niño que antaño jugaba canicas, lanzaba el trompo hilvanando nubes y anotaba canastas en el patio de la escuela, se convirtió después en estudiante de medicina, literato, poeta, ensayista, diputado, político y adorador de la vida misma. Trenzador de sueños, escultor de versos y prosemas. Jaime Sabines es luz cuando uno está lleno de vacío y oscuridad. Para mí, eso resulta innegable.


Empezó, como muchos, iluminando el mundo con sus poemas, que él mismo describe como principiantes, en el periódico de su preparatoria que se llamó El Estudiante. Para 1945 su corazón ya le dictaba con fuerza el deseo indomable de la creación. Sabines quería inventar nuevas medicinas, por lo que viajó a la Ciudad de México y sí, estudió medicina. El sufrimiento humano afirmó al poeta que maduraba dentro de él. Al poco tiempo se dio cuenta de que más que en los tratados anatómicos y disertaciones científicas, su verdadero ser, su trinchera, su poder, estaba en las letras.


Estudió Lengua y Literatura Española en la Universidad Nacional. Ya en las aulas empezó a tejer amistades y vivencias con personas como Sergio Galindo, Rosario Castellanos, Dolores Castro y Sergio Magaña. Hubo tertulias frecuentes en las que discutían sus textos, pensaban y dejaban volar sus voces; Jaime conoció en este tiempo a Pita Amor, a Juan José Arreola, a Guadalupe Dueñas y a su admirado Juan Rulfo. A pesar de todos estos encuentros, Sabines afirmaba que “el hombre está solo; la poesía es un puente que se tiende de una soledad a otra”.


Son Horal, La Señal, Adán y Eva, Tarumba, Diario semanario, Yuria, Maltiempo y Poemas rescatados, sólo algunos de los libros que marcaron su trayectoria como uno de los más queridos poetas mexicanos. Sabines supo, con una sabiduría pródiga y una sencillez envidiable, verter la Vida en sus páginas blancas: la luna que se puede tomar a cucharadas, el agua que germina, el jardín que la noche visita, el arroyo de la sombra, el perro soñando con gaviotas, los amorosos que se van llorando, los relojes andando hacia atrás, las rodillas de marfil al fuego, el lugar en que el aire se acaba, la espalda como una llanura en el silencio, la hoguera del amor quemado (versos prestados del poeta); y sí, finalmente también supo dejarnos el final con cantos: “la muerte, hija de puta, viene”.


Jaime también halló amor fuera de sus libros. En 1953 se casó con Josefa Rodríguez Zebadúa y con ella procreó un hijo llamado Julio, y tres hijas, Julieta, Judith y Jazmín. La fiebre de la j. A pesar de su vocación por la poesía, en su camino también tuvo que enfrentarse al oficio del comerciante en la tienda de telas El Modelo y a la vida del político mexicano como diputado federal en 1976 y en 1988, lo cual no siempre disfrutó. Pruebas suficientes son sus palabras: “Ser diputado te da poder durante tres años. Pero la vergüenza te dura toda la vida”.


Un día gris murió Julio Sabines, su padre. Este evento germinó en una obra monumental escrita en dos partes, Algo sobre la muerte del mayor Sabines. En sus palabras, “el poema es puro dolor, desgarramiento, impotencia ante la muerte”. En 1966 muere Doña Luz, y Sabines busca la paz en sus versos y sus reflexiones filosóficas, aunque concluye con que “ante la muerte el poema no existe”.


Jaime Sabines vio a la muerte de frente y durmió con ella muchos años; la enfermedad, el dolor y el cáncer se lo llevaron lejos. Treinta y cinco operaciones lo hicieron permanecer en casa. En este tiempo escribió uno de sus poemas más hermosos, Me encanta Dios. A pesar de su padecimiento, Sabines viajó muchísimo en esta época. Deleitó al mundo con sus creaciones en Tamaulipas, Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Tuxtla Gutiérrez, Nueva York, Quebec, París y Madrid.


Sabines hubiera vivido su septuagésimo tercer aniversario, si la muerte lo hubiera esperado seis días. Pero se fue temprano. El diecinueve de marzo de 1999, con su esposa, sus hijos y las plegarias de sus amigos y lectores, junto a su lecho, Jaime murió.


Nos quedan muchas cosas del buen Sabines; nos quedan sus versos, por sobre todas ellas. A mí me quedan otras tantas. Con él aprendí a hacer homenajes versados a hombres perfectos, a hombres que extrañamos tanto que duele el corazón a diario por su ausencia; aprendí a llorar y a reír en compañía de un poema maravilloso, de su astuto poeta; he aprendido que al amor se le puede reprochar todo el dolor del mundo, pero también se le agradece, toda su grandeza, todo su calor.


“Más que una vocación, la poesía es un destino”. Es también el Destino el que pone en la Tierra grandes hombres. Es también Él, con sus laberintos, el que ha dejado caer la página noventa y cuatro de ese libro sobre mis manos, sobre mis ojos abiertos:





Quiero hablar de ti a todas horas
en un congreso de sordos,
enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.
Quiero darte a nadie
para que vuelvas a mí sin haberte ido.



Jaime Sabines

sábado, 13 de junio de 2009

El origen del Brasier...

Si ustedes no han leído este artículo en algún lugar, déjenme decirles que qué pena, porque que no lo hayan leído significa que no conocen la excelente y renombrada revista La Piedra. Shame on you. Además de dejarles aquí el texto de mi más reciente artículo, que espero encuentren interesante (narra el descubrimiento de un artefacto que ha formado parte fundamental de la historia de las mujeres, por lo tanto, la historia de la mitad de la humanidad, tal vez un poco más); les dejo también la recomendación y petición de que vayan a casi cualquier café del centro de la ciudad de Cuernavaca, algunos de Tepoztlán e incluso de la Ciudad de México, a comprar los tres primeros números de la revista. Les aseguro que no se van a arrepentir, es verdaderamente una publicación de calidad.

Sin más, me despido de ustedes lectores y espero leerlos pronto.


Dicen –y que conste que no sólo yo, sino también algunos de esos hombres sabios que uno puede encontrar en el camino–, que si nos volvemos hacia una realidad más grande, es una mujer quien nos tendrá que enseñar el camino (Henry Miller); y más bellamente que, sin la mujer, la vida es pura prosa (Rubén Darío). Es por este simple hecho que he querido compartirles la historia de un invento, que además de estar llena de misterios e intrigas, está hecho por y para las mujeres. Y a pesar de esto, y aunque parezca increíble, uno que otro hombre con sus necias ideas se ha inmiscuido en este asunto tan… femenino.

Primero tendrán que saber que además de que el brasier (para fines de este artículo lo escribiremos así pues hay todo un enjambre de posibilidades ortográficas; más correctamente, au français s'il vous plaît: le brassière, o para algunos: el sostén, y más actualmente: el bra) revolucionó en diversos sentidos la forma en que las mujeres nos vestimos, nos vemos y más profundamente, nos pensamos; también es cierto que la historia de este invento ha estado siempre enredada con el estatus de la mujer en la sociedad y sí, muchas veces con la forma en la que el hombre veía… nuestros encantos femeninos.

Aunque con diferentes nombres, diseños y funciones, las prendas que podríamos catalogar junto con el brasier existen desde el siglo VII a.C. (incluso hay algunos estudiosos que han encontrado que el uso de prendas con fines eróticos, especialmente las que resaltaban los senos, se usaban desde el paleolítico). Reconstruyendo rápidamente la historia de este invento, les debo mencionar que las mujeres de la isla de Creta usaban ropajes de múltiples materiales que levantaban sus senos para lucirlos desnudos (¿quién dijo que el wonderbra se inventó en el siglo XX?). Y ¿quién lo diría?, un poco más tarde, las mujeres griegas y romanas usaron telas y cintas llamadas strophium para reducir el tamaño de su busto. En otro rincón del mundo, durante las dinastías Ming y Qing, las mujeres de la alta sociedad china, pusieron de moda una prenda que incluso tenía copas y tirantes que se sostenían en los hombros y se ataban en la espalda que se llamaba dudou (¿no es esto un brasier?).

Ya en el siglo XVI nos topamos con el famosísimo corsé europeo inventado por la renombrada reina de Francia Catalina de Médici (nombre completo: Caterina Maria Romula di Lorenzo de' Médici), que además de realzar los senos, estrechaba dolorosamente la cintura. Si no me creen, sólo tengo que decirles que las pobres mujeres que murieron de asfixia tenían una cintura de hasta ¡doce centímetros! Y aunque algunas sobrevivieron, así se iniciaron 350 años de tortuosa “belleza” para las mujeres (los que hoy dicen que “no pain, no gain”, deberían tratar de ponerse uno de esos). En el tiempo que el corsé estuvo vigente, hubo solamente dos momentos en los que las mujeres francesas pudieron “liberarse”, la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas.

Y claro, después de tanto sufrimiento algo había que hacer, así que llegó el momento de: el brasier. Encontramos algo curioso cuando revisamos el origen francés de la palabra. ¿Hace referencia a algo remotamente femenino? No lo creo. En el siglo XVII, le brassière se refería al escudo usado por los soldados en las batallas. ¿Y cómo llegó entonces a ser el nombre de esta prenda evidentemente femenina? Sigue siendo un misterio para nosotros. Hay también un desacuerdo histórico en cuanto al contexto en que fue usada esta palabra por primera vez para describir a la prenda en cuestión. Podemos considerar principalmente dos versiones: están los que creen que la famosa revista Vogue la publicó en 1890 y por otro lado los que insisten en que Charles Debeviose la bautizó así en 1902. Ustedes dirán.

Lo que sí sabemos es que la historia moderna del brasier está llena de mujeres. Todo empezó (o más bien continuó) en 1874, cuando impulsada por el interés en los deportes y el atletismo, Elizabeth Stuart invitó a las mujeres a quemar los corsés que tantas penurias les habían causado y con esto provocó que otras mujeres pensaran en alternativas para reemplazar a estas víctimas de las fogatas. Como para muchos inventos, el tema del idolatrado “creador”, o en este caso “creadora”, es un verdadero enredo. Aquí hay varias versiones. Algunos señalan al antes citado Charles Debeviose y otros a Philippe de Brassiere (las conexiones son obvias). Pero yo, y afortunadamente no sólo yo, sino también la mayoría de los expertos, creemos que fue más bien la feminista francesa Herminie Cadolle quien en 1889 diseñó el primer modelo de brasier (ella lo llamó le bien-être, “el bienestar”) que estaba compuesto por dos pañuelos blancos que se ataban en la espalda y un trozo de cinta rosa que los sujetaba en el centro. Aunque no lo crean, Herminie obtuvo su motivación precisamente vendiendo corsés. Viajó a nuestro continente, abrió una tienda en Argentina, se convirtió en una exitosa mujer de negocios y al empezar una vida muy activa y agitada se dio cuenta de que las mujeres necesitaban una prenda más cómoda y útil.

Pero hoy en día con los derechos de autor, las patentes y los inventos que se cosechan todo el tiempo, sabemos que crear no es lo mismo que ser el dueño intelectual. Así que la historia se alarga cuando en 1914, la poeta y pacifista estadounidense Mary Phelps Jacob patenta por primera vez un brasier sin espalda. Y todo porque la señorita tenía una glamorosa fiesta y quería ponerse un vestido bastante revelador que acababa de comprar y no tenía ropa interior para usarlo. ¿Qué hizo? Lo que haría cualquier mujer en esas penosas circunstancias: tomar dos pañuelos de seda, un pedazo de hilo, un listón (otra vez rosa) y ¿por qué no?, hacer historia. Diseñó un brasier para poder usar su vestido. Además de que esa noche se la pasó baile y baile, meses después instaló un taller para producir estas prendas entonces revolucionarias y como pronto se cansó de tanto trabajo, pedidos y mujeres desesperadas pidiendo un brasier, vendió la patente a Warner Brothers de Connecticut por la módica suma de 1,500 dólares. ¿Qué sucedió? Warner Brothers ganó más de 15 millones de dólares durante los siguientes treinta años. Pobre Mary.

Algo que impulsó tremendamente este negocio en el país vecino del norte, fue que unos años después, para ser precisos en 1917, plena Guerra Mundial, se les pidió a las mujeres que dejaran de usar corsés, pues con esto se ahorraron nada más y nada menos que 28,000 toneladas de metal. Muchas dijeron: ¡Arriba el brasier! Y curiosamente, también después de la Segunda Guerra Mundial, con el famoso baby boom y la publicidad en televisión se creó una demanda enorme de estas prendas en Estados Unidos.

Para no hacerles el cuento largo, fue una señorita rusa llamada Ida Rosenthal quien fundó MaidenForm en 1928 y además introdujo las tallas en las copas (por letras: A, B, C y D) que fueron tan útiles que se siguen usando hoy en día. Por falta de abasto en el mercado del algodón, el hule, la seda y el acero, en 1945 se introducen los materiales sintéticos para fabricar el brasier. El strapless (brasier sin tirantes) nace en los cincuentas, pero sólo una década más tarde los gritos y denuncias de mujeres tachaban al brasier como símbolo de opresión, conformidad y servidumbre, e incitaban de nuevo, la quema de estas prendas. Seguramente recordamos a las hippies sesenteras que deciden no usar brasier, costumbre que incluso hoy en día, muchas mujeres han adoptado.

Ya más recientemente, se puede decir que el brasier ha renacido, teniendo un especial auge en el comienzo de este siglo por la amplísima cantidad de materiales, formas, estilos, y sí, tamaños que presentan sus diseños. Y déjenme decirles que quien dice que este negocio no es rentable, se equivoca. En el 2001, sólo en el Reino Unido, el mercado del brasier valía aproximadamente 15 billones de dólares.

Entonces, podemos hacer un recorrido casi infinito pasando por el deportivo, para algunas, el milagroso aumentador (wonderbra), el coqueto, el discreto y todas las demás “especies” diferentes de brasier. Además, por lo menos aquí en México los usos de este invento se han diversificado bastante. Dicen “los expertos” que hoy en día hasta es monedero, pues parece uno de los lugares más seguros para guardar dinero.

Ya en el siglo XXI la industria del brasier ha dado un giro muy positivo (y no señores, no es por los tamaños estratosféricos que ahora ofrece), sino más bien por el compromiso ecológico que ha acogido. Es justamente en Japón en donde aparece el nuevo grito de la moda verde: el brasier ecológico. Existen dos modelos. Primero, podemos comprar uno que tiene un compartimento escondido en el tirante que sirve (resulta obvio) para guardar los palillos para comer y de esta forma reducir la tala de árboles para su fabricación. Segundo, el nuevo brasier solar, que sí, aunque les quede el ojo cuadrado, al usarse como ropa exterior, puede almacenar energía suficiente para cargar celulares, reproductores de música y otros aparatos electrónicos (¡qué enchufe, ni qué nada, yo tengo mi brasier!).

Así que, ya sea como artefacto de belleza, manifestación artística, símbolo de identificación o bien, herramienta erótica, el brasier ha sido uno de los inventos, que aunque no lo parezca, ha estado muy presente en las páginas de la historia y ha acompañado la construcción de quien hoy por hoy es la mujer.